jueves, 28 de abril de 2016

Mito de la Creación 1/2

Primero de todo solo existía la Nada y como no era más que eso, nada, se sentía sola. Así que la Nada, que era muy poderosa, creo a la Esencia con quien podía hablar y hablar sin descanso. La Esencia quiso hacerle un regalo a la Nada y fue entonces cuando construyó el mundo, donde creo la Tierra formada por montañas y bosques; y el Cielo, una casa para que la Nada pudiera observar su regalo.

La Nada y la Esencia vivieron observando como la Tierra cambiaba de forma gracias al sabio Tiempo, que la esencia había creado para que la Tierra pudiera crecer. La Tierra amaba a la Esencia y está cada vez se pasaba más y más tiempo en aquel lugar que había creado, provocando los celos de la Nada. Cuando la Nada intentaba bajar a la Tierra, está se ocultaba, pues la Tierra tenía miedo de la Nada porque tenía un aura oscura y solitaria, a diferencia de su querida Esencia que tenía un aura brillante y afable.

La Nada se enfadó con la Tierra y su enfado fue tan ardiente que quemo la Tierra y la sepulto entre las llamas del violento Fuego. Cuando la Esencia descubrió lo ocurrido se sintió tan triste que lloro durante días el puro Agua, apagando las llamas y creando los ríos, que a su vez crearon los océanos. La Nada se arrepintió de lo que había hecho al ver a la Esencia tan triste y dividió el Cielo, que ella le había construido, en dos: por un lado, el Día, prueba eterna de su enfado con el Sol ardiente; y, por el otro lado, la Noche oscura, el recuerdo de su soledad, pero con dos brillantes Lunas que era la prueba de su amor por la Esencia, pues estaban hechas de lo que quedaba de la Nada, que desapareció.

La Tierra y el Agua, con sus montañas y ríos, que también amaban a la Esencia, quisieron dejar en compañía de las Lunas a las Estrellas, para que llenasen la soledad de la Noche con su brillante luz. Gracias al Tiempo, al Sol, al Agua y a las Lunas, la Esencia pudo crear las Estaciones, haciendo que la Tierra fuese aún más cambiante. Pero la Esencia estaba sola, ya no tenía a la Nada con quien antes hablaba, así que se pasaba todo el tiempo visitando las Tierras y las Aguas, siendo el único visitante de su hermosa creación.

Entonces la Esencia se despidió de todos, se despidió del Día y del Sol y les pidió luz y calor; se despidió de la Noche y las Lunas y les pidió belleza y comprensión, se despidió de las Tierras cambiantes, de las Agua que corrían y de las Estaciones y les pidió salud y protección. La Esencia se colocó entre el Cielo, la Tierra y las Agua, dónde comenzó a girar sobre sí misma, creando el Viento, que a su vez creó las Nubes. Al Viento le pidió que cuidase del mundo.

 Entonces la Esencia se sintió cansada, creando el Sueño Onírico, pues nunca había dormido nadie hasta entonces, tras cumplir su cometido se rindió a lo onírico. La Esencia cayó, dormida, a la Tierra donde se dividió en diez partes, cada una de esas tendría en su interior una parte de la Esencia, que estaba durmiendo. Así fue como los Dragones nacieron.