El viento era suave. Le impactaba en el rostro, frío. Eran mediados de otoño y el viento aún jugaba con las hojas, molestando a los viandantes. Cuando la décima hoja golpeó su cara, el joven alzó el brazo, enfadado, y con un movimiento, cortó el viento, que cesó al instante, dejando caer las hojas, algunas con extraños cortes rectos.
-¿A eso llamas sigilo? –La voz de un hombre anciano lo
sobresalto, pero no permitió que el hombre notará aquel hecho.
-Tiene la carta –más que una pregunta aquello había sido
una orden. El anciano sacó un papel doblado del fondo de su alforja-. Perfecto.
-¿Cómo lo harás?
-Se lo encargaré a uno de los juglares a cambio de unas
monedas de oro-. Indicó el muchacho sacando una pequeña bolsa de cuero.
-¿No vas siquiera a verle? –Se extrañó el anciano-. Lo
estás salvando, al fin y al cabo.
-No le he contado
a nadie que lo sabes, así que mejor no me cuestiones –el muchacho se dio la
vuelta y marchó por el camino.
-¿Ni su nombre…?
-Viejo… -El muchacho le miró, con unos ojos azules llenos
de odio, que provocarían el miedo a cualquiera que los mirará-. Si le viera
ahora, iría a matarle.