sábado, 29 de diciembre de 2012

Prólogo (lo prometido es deuda)


            El viento era suave. Le impactaba en el rostro, frío. Eran mediados de otoño y el viento aún jugaba con las hojas, molestando a los viandantes. Cuando la décima hoja golpeó su cara, el joven alzó el brazo, enfadado, y con un movimiento, cortó el viento, que cesó al instante, dejando caer las hojas, algunas con extraños cortes rectos.

-¿A eso llamas sigilo? –La voz de un hombre anciano lo sobresalto, pero no permitió que el hombre notará aquel hecho.

-Tiene la carta –más que una pregunta aquello había sido una orden. El anciano sacó un papel doblado del fondo de su alforja-. Perfecto.

-¿Cómo lo harás?

-Se lo encargaré a uno de los juglares a cambio de unas monedas de oro-. Indicó el muchacho sacando una pequeña bolsa de cuero.

-¿No vas siquiera a verle? –Se extrañó el anciano-. Lo estás salvando, al fin y al cabo.

-No  le he contado a nadie que lo sabes, así que mejor no me cuestiones –el muchacho se dio la vuelta y marchó por el camino.

-¿Ni su nombre…?

-Viejo… -El muchacho le miró, con unos ojos azules llenos de odio, que provocarían el miedo a cualquiera que los mirará-. Si le viera ahora, iría a matarle.

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